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de cuando me voy.

Tengo un verdor entre las piernas mientras espero que las horas sucedan sin dificultad para de una vez dejar de respirar este aire tan intoxicado de vanidad, suena como el viento grita ¡maría! y se suspende el ruido que pretende estar de extra.
El equipaje acomodado de tal forma que no estorbe, que sea fácil de agarrar como si tuviera que salir siempre de prisa, todo el desborde tirado en mi cama como quien no pretenderse irse, sólo acomodar.
Dos vestidos, un chaleco y un saco, si por mi fuera no cumpliría con el requisito excéntrico de extrañar, sentirse vaciado o despojado. Suenan los números y figuras geométricas, golpeado mi cerebro dejándome escribir apenas torpemente.
Que triste cuando pienso que en sobriedad esto tiene menor sentido, que la sobriedad arruina muchas de las mejores cosas, como el sonido del violín que me está despojando del vestido y atravesando mi vientre.
Me veo con interés, un encendedor, el celular, ese buen libro de Vatsyayana arriba de él una pluma que pretende ser usada de verdad un día y debajo, un cuaderno que dejara de ser útil una vez empiece a escribir en él, a un lado la agenda que corrompo para no olvidarme de mí un día, me veo con interés por que parezco una fotografía mal lograda, me falta un cigarro y tal vez un té.
A todos mis al rededores, nada, y mi cabello suelto despeinado como quien se acaba de levantar de sus lechos y decide vivir un día más, los ojos, mis ojos, tan rojos y mal elaborados fingiendo discreción y yo… sentada, jorobada y de nuevo hastiada.
Todo me recuerda a los días que mi sed era menos y me sigue dando mucha risa.

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