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Otra vez, la edad.


La forma de ser normal. Eso no se puede, intento clasificar las tendencias. Eso primero de tener estudio que valore tu vida, como un titulo que siempre es de mal gusto acompañado del nombre propio; ingenuidad o temor del abuso del ámbito laboral, quien sabe y soy la mejor maquiladora.
Luego ese estatus casi absurdo de compromiso, de embarrarse tanto del ajeno, del otro que hace de la necesidad incoherente. Eso que te vuelve ciego, estúpido y de nuevo aquello que parece que “ tiene que ser” con respecto a la otredad. Uno se elige entre tantos para terminar con uno mismo. Polos opuestos, tendencias iguales; ya lo dije, tiene que haber un mismo nivel de locura entre dos para que la persistencia siga. Definir, no puedo, lo he sentido de formas diferentes, en diferentes cuerpos.
Ya viene la idea de que las consecuencias de los actos siempre rebasan las posibilidades del futuro, pero este  aún en su estado inconcluso nunca deja de fastidiar, hasta la última consecuencia (de una vida intensa). Es estar esperando tu linchamiento cada tres días, después de que despiertas de un sueño que no te produjo mas que la sensación que estaría mejor quedarse dormido.
Será que los veintitrés años no son mas que una escusa para quejarme de mi tendencia de autodestrucción,  somnolienta, porque lo que se escribe siempre es de madrugada.
Es bueno tener este objeto risueño que me inspira a escribir y escribir sin necesidad que lo que escriba importe, tenga un peso filosófico, lo mas denso de mi pensamiento o lo peor de él.
A veces soy una despistada.

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