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Cosas vienen, cosas van.

“Entre más me gustas tú, más me gusta la vida. Y viceversa.”
-Telepedro

Platicando con la que es mi más antigua amiga que aún conservo, me di cuenta de ‘eso que nos hace ser’. No necesariamente, como una eureka a la Arquímedes, sino como una sensación, hay  una canción del Gran Silencio que la explica, pero en una cuestión más de amor y cursilería.
Mi amiga y yo nos conocimos cuando apenas empezábamos a crecer y vivir; vivimos mucho muy apresuradamente y nos cobraban la cuenta con problemas grandes, aunque nunca fueron lo suficiente para que hubiera una consecuencia terrible; sin embargo, esas experiencias nos han cambiado de tal forma, que ahora somos otra cosa que no éramos antes. Parece que la edad importa, con el tiempo obviamente, ni discutir.
No hay una importancia en la edad, como cuando a uno lo restringen para hablar por no tener la suficiente; la importancia recae en el peso que obtienen los pensamientos que cargamos todos los días en nuestra cabeza. Estos evolucionan, se transforman, cambian.
Será esta la importancia que en el parecer de aquellos pensadores -que pensaron de más- es el conocimiento en la experiencia, o bien en el proceso empírico de los fenómenos que percibimos todos los días. Pero ¿Sabrá más un recién nacido, que un anciano en su lecho de muerte? Es algo que no podemos valorar, seguramente habrá estudios para refutar o aceptar si quiera como válida mi pregunta. Pero acá, entre nos, tú que piensas. Juramos saberlo todo cuando en realidad, no hay que saberlo en ninguna cuestión, sea esta religiosa, política, ecológica y mi conclusión es por la siguiente frase de Ricardo Martínez, mi abuelo: Tú deja que el mundo ruede.
La verdad es que si no rueda lo suficiente la vida será lenta y poco atractiva, pero cuando rueda a ese ritmo en que la solución a la edad es no tomarle importancia va a un buen paso. Por lo pronto, la frase del principio es por esto mismo de la edad, entre más me gusta que edad tengo, más me gusta la vida.

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